sábado, 29 de abril de 2017

Eutanasia y Calidad de Vida

Es verdad que hoy mucha gente y en muchos medios de comunicación social hablan de la “calidad de vida”, refiriéndose especialmente a la gente mayor, a los enfermos…. En esta dirección las preguntas serían: si algunos enfermos han nacido o viven con una serie de limitaciones, ¿dónde queda su “calidad de vida”? Además, ¿qué se entiende por ella?, ¿qué características o componentes la integran?, ¿quiénes pueden hablar de “calidad de vida”? Si hay grados de “calidad de vida”, ¿quién determina su contenido? Estas preguntas y otras muchas significan que el término “calidad de vida” resulta, por lo menos, problemático. Lo que tiene que quedar muy claro es que no hay que identificar ni confundir la “calidad de vida” con la dignidad humana. Son términos muy distintos.
En caso contrario, si se identifican y confunden, caemos en el error. Que le hablen de “calidad de vida” a los que padecen deficiencias psíquicas o físicas graves de nacimiento, a los “postrados” en una cama, a los que padecen enfermedades degradantes del organismo, a los que sufren una ancianidad prematura o Alzheimer grave o una demencia seria (sea o no senil) o una enfermedad terminal... Hablar de “calidad de vida” en estas vidas humanas parece una broma de mal gusto. ¿Acaso se puede hablar de “calidad de vida” cuando se está refiriéndose a la vida de alguien que siempre ha estado enfermo, padece alguna deficiencia o síndrome? …, ¿qué se hace con los que nunca han gozado de “calidad de vida”? O por el contrario ¿solo pueden hablar de “calidad de vida” quienes gozan actualmente de salud o han disfrutado de salud y, en este momento, no la tienen o saben que, en un futuro, carecerán de ella?
Más que de “calidad de vida” se tendría que hablar de “control de calidad”, control que no es ejercido por el sujeto interesado, muchas veces inconsciente, débil, enfermo, sino por los que le rodean, es decir, por los sanos (médicos, parientes, Estado), por aquellos que pueden interpretar esa existencia como una carga.
Parece que los que están a favor de la eutanasia sostienen que la dignidad de cualquier persona humana la hacen depender de la “calidad de vida” de esta. Si el enfermo carece de “calidad de vida”, entonces, parece ser que esa vida no “merece la pena” vivirse. Y esta afirmación es errónea.
La vida del ser humano es inviolable per se y no puede ser entendida con grados de mayor o menor calidad que produjeran un déficit en su dignidad o entrar en el juego de las ponderaciones. La vida del ser humano no se pondera ni se valora, sino que se acepta y se respeta.
Si se entiende la dignidad humana en los términos que aquí se defienden no se podría hablar de una eutanasia digna. Serían términos contradictorios; un contrasentido. La eutanasia va en contra de la dignidad de la persona. Pero para los defensores de la eutanasia, la dignidad humana del enfermo se traduciría en el derecho a elegir libremente el momento de la propia muerte. Sin embargo, esta última aseveración tampoco es cierta, como se dirá a continuación. Reitero: nadie y nunca (en cualquier circunstancia o situación) un ser humano pierde su dignidad y ningún otro puede quitarla.
Sin embargo, los que promueven la eutanasia hablan de una “muerte digna”. Este concepto está ya tan manido que no dice casi nada. Abogan por elegir el momento de la propia muerte y se aseguran de que van a contar con quien esté dispuesto a ayudar o a realizar los actos necesarios para que la muerte se produzca.
Lo que tienen en común las personas que solicitan adelantar su final es que consideran que no tiene sentido seguir viviendo. Prefieren morir a seguir viviendo aquejados por una enfermedad grave, postrados todo el día en una cama, o sentados en una silla de ruedas...En definitiva, estas personas prefieren morir a tener que vivir así. Eso sí, necesitan de otros para llevar a cabo sus intenciones.
Por lo tanto, el verdadero progreso humano radica en un progresar en humanidad y se progresa si se reconoce la dignidad del otro en cualquier condición de salud, de enfermedad o de discapacidad psíquica o física.





sábado, 1 de abril de 2017

Eutanasia y Dignidad humana


Las denominaciones que utilizan en el debate sobre la eutanasia tanto sus defensores como sus detractores tienen en común que apelan al concepto de dignidad.
Pero ocurre, muchas veces, que cuando se habla de dignidad se hace un uso equívoco o meramente formal, haciéndolo depender de la finalidad que su usuario, en cada caso, decida otorgarle. Por eso, se plantea un uso operativo de tal concepto, y en este sentido la pregunta es: ¿es digno el ser humano al final de su vida?
Dicho de forma sumaria, para el pensamiento clásico la dignidad de la persona humana radica en su individualidad original y única (acto de ser). De esta manera, la dignidad humana no es una preeminencia adquirida por razón de alguna actividad, sino lo que se expresa con este concepto es la excelencia del ser humano por el hecho solo de serlo.
En efecto, la dignidad humana corresponde a cada uno de los seres humanos. El ser humano es digno por lo que es. Su excelencia radica en su ser. No se es más o menos humano, más o menos digno, dependiendo del cumplimiento de una serie de requisitos o características. De este modo, el ser humano puede ser considerado como un ser “querido por sí mismo”.
Esta dignidad, por tanto, la poseen todos los seres humanos por solo el hecho de existir, por el hecho exclusivo de ser un ser humano. Es una dignidad intrínseca.
También la dignidad del ser humano ha sido destacada por E. Kant que considera a este como el ser que se propone fines a sí mismo. El término “dignidad”, según él, hace referencia a aquellas realidades que, por su intrínseco y singular valor, no pueden ser sustituidas, ya que aquello que puede ser sustituido no tiene “dignidad” sino “precio”. Por eso, las cosas tienen un precio, pero las personas tienen dignidad, puesto que no pueden ser sustituidas por nada ni por nadie, tienen valor por sí mismas y no son nunca un medio para otra cosa. Las personas no se usan, se respetan, se aman; son siempre fines en sí mismos.
En este sentido, R. Spaemann sostiene que, si la determinación de la dignidad del ser humano viene dada por la aparición de alguna determinación cualitativa, entonces, se desprende la posibilidad de poner precio a la vida humana.
Atendiendo a estas dos corrientes de pensamiento la dignidad humana está en la base de todos los valores humanos, pero ella misma a la vez no es un “valor”. De lo contrario, la dignidad del ser humano se convertiría en objeto de ponderación respecto de otro valor, que, en un hipotético conflicto de valores, la dignidad inherente a todo ser humano podría ser pospuesto por otro.
Así pues, la dignidad humana es el principio ético personal y social por excelencia. Por un lado, se subraya la dignidad humana como principio ético personal, porque el concepto de autonomía del individuo o tiene su referente en la dignidad de todos los seres humanos, independientemente de su estado de salud física o psíquica, o simplemente está vacío de contenido. Si en la práctica, no teóricamente, se sostiene lo contrario, se corre el riesgo en que pueda considerarse que un individuo humano, que tiene disminuida su autonomía (sea esta física o psíquica) o incluso la haya podido perder, carezca de una vida digna, y fácilmente se le pueda despojar de su valor como persona, es decir, de la dignidad de la que se encuentra revestido todo ser humano.
Por otro lado, se subraya igualmente la dignidad humana como principio social en cuanto que nuestro vivir en sociedad se rige por ella, luego la sociedad está obligada a protegerla. El ser humano no es un ser aislado; no es una isla, sino que es un ser que vive en sociedad, en convivencia con los demás. Sus acciones repercuten en uno mismo y en los demás. La vida de cada uno y, por tanto, también su manera de morir afecta a todos.
Acorde con las reflexiones anteriores la dignidad humana nunca es conferida en atención a ciertas propiedades. El ser humano es digno por lo que es, no porque lo sabe o siente. La dignidad humana, como principio básico del que se tiene que partir, evita que cualquier ser humano se convierta en juez para decidir si otro carece o no de ella.
Bajando al terreno práctico, la dignidad del ser humano que sufre, enferma, reclama una acción, una relación determinada, una actitud de respeto, pues dicha dignidad no disminuye, ni se pierde por el hecho de enfermar. La actitud de respeto se traduce en una acción positiva sobre el otro, una actitud de ayuda y de cuidado.
Efectivamente, el cuidado es una acción cotidiana y permanente a lo largo de la vida humana, más todavía, dada su fragilidad, al final de la misma (igualmente al comienzo), que implica el acompañamiento y aplicación no solamente de recursos asistenciales, sino de un cuidado integral. Precisamente, el enfermo necesita no solo que el médico y el personal sanitario intenten aliviar su dolor mediante sus conocimientos técnicos, sino sobre todo que se sienta acompañado, de tal manera que el enfermo se sienta querido y respetado hasta el final de su vida.
Por tanto, el cuidado como actitud ante la vida, sobre todo cuando un ser humano está enfermo grave, se encuentra en la base de la existencia humana y es una actitud moral que promueve el compromiso y la solidaridad; más todavía, cuando cada uno de nosotros se “humaniza” o “deshumaniza” a través de sus acciones. Esta perspectiva supone preguntarnos si mi acción y las de los demás son conforme a la dignidad que reclama mi propia existencia y la del otro como seres humanos que somos.
Justamente, el cuidado es un buen termómetro para indicarnos la “salud” tanto de la sociedad como de nosotros mismos. El cuidado como hábito social e individual se traduce en una solidaridad con el ser humano frágil; y la solicitud por la fragilidad humana indica el respeto por la vida humana en cualquier circunstancia y por su dignidad.
Hablando ahora en términos estrictamente individuales, el cuidado del otro (enfermo o no, haya perdido o no su conciencia) es un indicador de nuestra “salud humana”. Al fin y al cabo, el cuidado por el otro es una “oportunidad” para humanizarse o deshumanizarse.
Así es, la enfermedad, la debilidad, la fragilidad son una “oportunidad” para mostrar el rostro más humano tanto de uno mismo como el de los demás. Estos pueden adquirir un fuerte compromiso en el cuidado con el ser humano frágil y enfermo.
Este acompañamiento y cuidado también tiene que ser dado por la familia del enfermo. Es muy importante que él no se vea como alguien que resulta incómodo, y tenga la sensación de abandono al final de su vida.
La dignidad humana exige, por tanto, que todos los seres humanos sean siempre tratados como fines y nunca como medios. Luego, al final de su existencia han de ser tratados conforme a esta dignidad, es decir, como fines en sí mismos. Dignidad que comienza por el respeto de sus cuerpos que pueden estar dañados o muy dañados por una enfermedad genética o adquirida.
En efecto, el respeto por la dignidad de todo ser humano comienza por el cuidado y respeto a su corporalidad, es decir, de su cuerpo. Pues lo corporal no le viene a la persona desde fuera, como un complemento del que se pueda prescindir o un elemento que no lo defina, sino que le es intrínseco.
Así es, el cuerpo humano no es una “cosa” externa a la persona y la relación con su cuerpo no es la misma que se tiene con las cosas. El cuerpo humano es el ser humano mismo.
Repetimos: si la dignidad de todo ser humano no depende de una serie de adjetivos, entonces, la vida humana “vale” por sí misma; no necesita de nada para tener una valoración positiva. Toda vida humana “merece la pena”, esté como esté de salud, porque no depende su dignidad, de ningún estado, ni de ninguna propiedad. La vida humana es un nombre propio, no un adjetivo. Luego, nadie debería arrogarse la potestad de poder decidir sobre la vida de uno mismo y la de los demás, porque toda vida humana siempre es digna. Admitir lo contrario o poner una serie de condiciones a la vida humana, es abrir una puerta donde ésta deja de ser un valor por sí misma y sobre la que se podría disponer. Por lo tanto, la dignidad abarca toda la vida de un individuo humano como querida en y por sí misma y debería constituirse en límite absoluto a cualquier tipo de ponderación o cálculo.
Ciertamente, los seres humanos, por enfermos que estén, no dejan de ser humanos, ni pierden su dignidad, ni su vida deja de merecer el máximo respeto. Olvidar este principio, la dignidad de la persona, por la visión exclusivamente dramática, por ejemplo, de minusvalías profundas, conduce inexorablemente a hacer depender el derecho a la vida a la calidad de ésta, lo que abre la posibilidad de colocar la frontera del derecho a la vida con arreglo a “controles de calidad”. Al final estos controles dependerán de la decisión del Estado, de los poderosos, de la sociedad…y el contenido de estos controles van cambiando, dependiendo de lo que el Estado, la sociedad…entienda, en cada momento, por “calidad de vida”.

sábado, 25 de febrero de 2017

Eutanasia. Testamentos Vitales, Documentos de Instrucciones Previas o de Voluntades Anticipadas


Dígase de entrada que esta reflexión no versa ni sobre el origen, ni sobre la historia y ni sobre la posible crítica de los Testamentos Vitales, Documentos de Instrucciones Previas, de Voluntades Vitales Anticipadas o de Voluntades Anticipadas (DAV).
La ley vigente en España sobre esta materia (Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica, concretamente el artículo 11,véase también en este mismo sentido el Real Decreto 124/2007, de 2 de febrero, por el que se regula el Registro nacional de instrucciones previas y el correspondiente fichero automatizado de datos de carácter personal. Y la Orden SCO/2823/2007, de 14 de septiembre de creación del fichero nacional, por la que se amplía la Orden de 21 de julio de 1994, por la que se regulan los ficheros con datos de carácter personal gestionados por el Ministerio de Sanidad y Consumo y se crea el fichero automatizado de datos de carácter personal denominado Registro nacional de instrucciones previas) regula estos documentos por los que un individuo, mayor de edad, capaz y libre, explicita la voluntad o los procedimientos que deberán tenerse en cuenta en caso de padecer una enfermedad irreversible o terminal, que le haya llevado a un estado de salud que le impide expresarse por sí mismo, especialmente en lo relativo a los cuidados y a los tratamientos médicos o, una vez llegado el fallecimiento, sobre el destino de su cuerpo o de sus órganos. También subraya que se puede designar un representante que, llegado el momento si dicha persona enferma no estuviese consciente o con facultades suficientes para una correcta comunicación, sea el interlocutor con el equipo médico para procurar el cumplimiento de esas instrucciones.
Dicho esto, hay que tener en cuenta que sólo algunos pocos (0,3% de los españoles), ya habían dejado por escrito qué hacer con ellos en caso de que se encontrasen gravemente enfermos y estuviese cercana su muerte. Otros enfermos graves rellenan ahora esos documentos (también pocos). A estos escritos se les denomina Testamentos Vitales, Documentos de Voluntades Anticipadas o Documentos de Instrucciones Previas… (Existen varias versiones o modelos en España. Aquí se habla de aquellos que rechazan dos extremos: por un lado, la eutanasia, y por otro, el encarnizamiento terapéutico).
Por consiguiente, estos escritos son herramientas que regulan la acción médica ante situaciones donde el paciente pierde la capacidad para decidir sobre ella con respecto a su salud.
Para que estos documentos sean siempre efectivos deben incorporarse a la historia clínica del paciente, tanto para facilitar su acceso a los profesionales médicos, como para que se pueda efectuar su revocación o modificación.
Estos documentos subrayan, atendiendo a algunos aspectos de su contenido (hay que advertir a este respecto que no hay ninguna norma legal en España que acepte en el documento de Instrucciones Previas la solicitud de eutanasia o de suicidio asistido. Éstas aparecen en documentos de determinados grupos o asociaciones a favor de la misma): que la vida no se mantenga por medio de tratamientos desproporcionados; que a los enfermos no se les aplique ningún acto u omisión que, por su naturaleza y por su intención, cause la muerte; y que se les administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos.
Conviene precisar que estos documentos no sustituyen la comunicación continua y adecuada del médico con su paciente, cuando éste conserva la capacidad para tomar decisiones.
Igualmente, estos documentos podrán revocarse libremente en cualquier momento, dejando constancia por escrito.
No pueden aplicarse estos documentos si cualquier indicación de los mismos es contraria al ordenamiento jurídico vigente y a la “lex artis” del médico (la aplicación de las reglas generales comunes a la profesión médica).
Es importante dejar claro que si uno rellena estos documentos no quiere decir que esté pidiendo automáticamente que le “ayuden a morir” (forma eufemística de referirse a la eutanasia, sea ésta activa o pasiva u omisión de cuidados básicos), pero tampoco que se le aplique el llamado “encarnizamiento terapéutico”.
Así es, hay personas que rellenan estos documentos para que, por un lado, no le apliquen lo que propiamente es una eutanasia sea del tipo que sea, pero por otro, que tampoco que se les mantenga con vida por medio de tratamientos desproporcionados o extraordinarios. Es decir, que, por una parte, solicitan que no se les administren “fármacos” para adelantar la muerte, sino los tratamientos adecuados para paliar sus dolores; pero que tampoco se les prolongue abusiva e irracionalmente el proceso de muerte.
Con todo, estos documentos escritos llevan consigo varios interrogantes: ¿Es consciente el que firma de todas las vertientes técnicas de los procesos y situaciones que está autorizando o desautorizando?, ¿Cómo saber lo que una persona decidirá en el futuro acerca de un problema que afectará seriamente a su salud?
Estos interrogantes nos plantean: ¿los Testamentos Vitales, los Documentos Instrucciones Previas o de Voluntades Anticipadas…tienen una vigencia actual o se podrían considerar solamente una “orientación”?

sábado, 28 de enero de 2017

Eutanasia y suicidio medicamente asistido. Conceptos

           En el discurso a favor de la eutanasia hay muchos términos incompletos y a veces tergiversaciones, en concreto cuando se habla de eutanasia, cuidados paliativos, calidad de vida, libertad, documentos de instrucciones previas, vida digna, derecho a la vida, dignidad de la persona, toma de decisiones relacionada con la muerte, límite del esfuerzo terapéutico, autonomía del paciente, necesidades básicas del paciente.
Por tanto, lo primero de todo es definir eutanasia. Todos tienen una idea general de ella, pero no del todo exacta o completa. No obstante, una definición de eutanasia que puede ser admitida por todos es aquella dada por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos que la definió en 2002 como “conducta (acción u omisión) intencionalmente dirigida a terminar con la vida de una persona que tiene una enfermedad grave e irreversible, por razones compasivas y en un contexto médico”. En este mismo sentido, la Asociación Médica Mundial en 1987 definió eutanasia “como el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares, es contraria a la ética. Ello no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad”.
También se conoce la eutanasia como el suicidio medicamente asistido. La Declaración de la Asociación Médica Mundial sobre el Suicido con ayuda médica en 1992 la definió: “El suicidio con ayuda médica, como la eutanasia, es contrario a la ética y debe ser condenado por la profesión médica. Cuando el médico ayuda intencional y deliberadamente a la persona a poner fin a su vida, entonces el médico actúa contra la ética. Sin embargo, el derecho de rechazar tratamiento médico es un derecho básico del paciente y el médico actúa éticamente, incluso si al respetar ese deseo el paciente muere”, sin embargo, ambos conceptos no son exactamente iguales. Justamente, difieren en que en el suicidio asistido es el propio paciente quien activa el mecanismo que termina con su vida, aunque necesite de otro o de otros para llevar a cabo su propósito. La diferencia entonces estriba en que en este el paciente es el sujeto activo, aconsejado por un médico, en cambio, en la eutanasia, uno es un sujeto pasivo, es decir, otra persona (la mayoría de las veces es un médico) es el agente activo. Luego, se puede admitir que el suicidio medicamente asistido es la ayuda médica para la realización de un suicidio ante la solicitud de un enfermo, proporcionándole el médico los fármacos necesarios para que él mismo se los administre.
Dejando a un lado las diferencias se puede decir que la eutanasia y el suicidio asistido son acciones muy parecidas porque ambas tienen la clara intención, ya sea de forma activa o pasiva, de “ayudar” a causar la muerte de un paciente.
Después de hacer esta distinción terminológica hay que indicar que los promotores de la eutanasia no suelen utilizar este término, sino que se refieren a ella poniéndole otras denominaciones “más suaves”: “muerte digna”, “ayudar a morir” a quien lo pide o solicita, derecho a morir con dignidad…
Esta denominaciones o sobrenombres nos llevan a plantearnos las siguientes preguntas: ¿es o no correcto terminar con la vida de quien quiere morir y además lo ha pedido o lo está pidiendo?; la vida humana ¿puede llegar a ser indigna?, ¿no es una contradicción calificar la muerte como una realidad digna?, ¿existe un “derecho a morir”?; ¿cada enfermo tiene derecho a decidir si quiere seguir viviendo?; más concretamente, ¿existe el derecho de cada cual a disponer de su propia vida en el uso de su libertad y autonomía individual?; la petición del enfermo para morir ¿se convierte automáticamente en derecho del individuo?; ¿es éticamente aceptable que a las personas enfermas, dementes, en estado vegetativo…se les “ayude” a morir? o por el contrario ¿tiene que acontecer la muerte de forma natural? Como puede comprobarse, muchas son las preguntas que la cuestión de la eutanasia suscita.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Noticia en el periódico: “España no halla destino para 230.000 embriones congelados”.


Los periódicos españoles se han hecho eco de la siguiente noticia: “España no halla destino para 230.000 embriones congelados”.
El artículo afirma: “las clínicas españolas de reproducción asistida tienen un problema: no saben qué hacer con los embriones que guardan congelados que fueron creados para procesos de fecundación, pero no se han usado. El registro estatal recoge que en estos momentos hay más de 230.000 embriones humanos congelados”.
De este tema, ¿qué hacer con los embriones congelados? lo he tratado:
1º. En un libro titulado: Los embriones humanos congelados. Un desafío para la bioética”.
2º. Y en varias reflexiones colgadas en este mismo blog:
-El estatuto jurídico del embrión humano.
-Conclusiones sobre el Estatuto Biológico y Jurídico del Embrión Humano.
-La Congelación Indefinida: ¿solución a los embriones humanos congelados?
-La Adopción Prenatal: ¿solución a los embriones humanos congelados?
-La “donación” para investigación: ¿solución a los embriones humanos congelados?
-Células madre, esperanza para la medicina del futuro y, sobre todo,
 -El cese de su conservación sin otra utilización ¿solución para los embriones humanos congelados?
Dicho esto, la ley española vigente en esta materia plantea distintas opciones para los embriones humanos congelados:
1. Seguir manteniéndolos congelados.
2. La donación a otras parejas con fines reproductivos.
3. La donación para usar en investigación.
4. Su destrucción o muerte.
La primera opción no es ética (por la congelación). La cuarta evidentemente tampoco. La segunda, aunque es tolerable con matizaciones, no es generalizable (Adopción). La tercera ni es ética ni realizable. A esto último, hay que decir que no ha habido un solo proyecto de investigación que solicite el uso de células madre embrionarias. Además, han aparecido otras líneas de investigación con células madres que, aparte de no tener reparos éticos (la destrucción del embrión entre otros…) y grandes costes sociales, sí que tienen eficacia terapéutica en humanos.
Viendo estas opciones, se defiende un quinto destino a los embriones humanos congelados: proceder a su descongelación y “dejarlos morir” sin otro fin, o más exactamente, descongelarlos y “dejarlos morir”. Esta quinta opción tendría sentido siempre y cuando estuviera legalmente prohibido volver a congelar embriones humanos.
Es preciso aclarar que la propuesta que aquí se plantea para solucionar el problema de los embriones humanos congelados (descongelarlos y “dejarlos morir”) es diferente de aquella que promueve simplemente su descongelación y destrucción.Dejarlos morir” es la opción que se propone como la mejor que supone aceptar que no se puede hacer nada para salvar la vida. Con todo, la propuesta que se defiende, sin ser óptima, es la “menos mala” entre las posibles, habida cuenta de lo injusto de la situación de partida.
Por otro lado, para este quinto destino de los embriones humanos congelados tiene mucha importancia distinguir la acción de “matar” de la de “dejarlos morir”. “Matar” significa “poner” positivamente un acto malo, mientras que “dejar morir” supone aceptar que no se puede hacer nada para salvar la vida.
La muerte no le adviene al embrión humano al “dejarle morir” tras la descongelación, sino que tiene su origen en un “proceso de muerte”. Dicho proceso comienza con su producción y denominación de “excedente”, continúa con la congelación y finaliza con la descongelación. En efecto, “dejarlos morir” consiste en no intervenir en un curso de acciones que ya están en marcha y que ocasionan la muerte y que, por tanto, acciones moralmente malas.
Cuando se opta por descongelarlos y “dejarlos morir” no se hace otra cosa que liberar a los embriones de una situación injusta e impropia de su dignidad de seres humanos (su congelación), a la que nunca se debería haber llegado.
En este sentido, el profesional, que descongela al embrión humano, no pretende su muerte, sino que lo “deja morir”, esto es, deja de intervenir en un proceso abocado a la muerte. En todo caso, permite que la naturaleza siga su curso. Esta acción y la responsabilidad de la persona que la realiza son distintas de aquélla que ve la descongelación como un medio para posteriormente, en un proceso de reanimación, obtener un embrión humano del que se puedan extraer sus células. Por el contrario, el que descongela, al no reanimarlo, no persigue su muerte directa, sino que lo deja en situación de que muera de muerte natural.
Existe, por tanto, una diferencia indudable entre iniciar unas acciones que conducirán a la muerte del embrión humano congelado y “permitirle morir” no interfiriendo en el curso de unos acontecimientos que ocasionarán, tarde o temprano, su muerte.
En definitiva, con la acción de “dejarlos morir” se persigue terminar con una situación injusta, indigna e impropia para cualquier ser humano. Descongelarles y “dejarles morir” no es matarles activamente, sino dejar de poner un medio indigno y desproporcionado, que únicamente alarga artificialmente la fase final de la vida en situación irreversible.
Se puede concluir diciendo que “dejar morir” a los embriones humanos congelados, aun siendo una alternativa no exenta de reparos, pues no hay ninguna éticamente indiscutible, es la salida más respetuosa con la dignidad de los embriones humanos congelados. Así, pues, lo que se sostiene es que se descongele a los embriones humanos que han sido congelados y se les “deje morir” sin reintroducirlos de nuevo en un proceso instrumentalizador.

sábado, 29 de octubre de 2016

¿Existe el derecho a adoptar?


Somos conscientes que el tema que se trata en este escrito es complejo, espinoso y controvertido. De entrada, no se pretende un estudio jurídico exhaustivo del mismo, sino una breve reflexión ética.
Lo primero que hay que decir claramente es que ninguna Constitución y Declaración Universal, Internacional o Nacional establece el DERECHO A ADOPTAR o el DERECHO A TENER HIJOS. Así es, no existe ese supuesto derecho. En todo caso, habría que hablar del “derecho” de los niños a ser adoptados por unos padres que reúnan ciertas características.
Por tanto, es necesario, como se dice, cambiar el “chip”. Tenemos que poner el punto de mira en los hijos, no en los “padres” …, porque de lo contrario se puede caer en su instrumentalización. Si se pone el centro de atención en los padres, los hijos ya no son un bien en sí mismo, sino que se convierten en un “objeto” de deseo, que no se remedia haciendo notar el afecto con el que seguramente les reciben sus futuros padres.
Para admitir este “derecho” a adoptar se suele poner una serie de hipótesis y comparaciones, sobre todo si se trata de una pareja homosexual. Se dice que hay casos en que los niños crecen sin padre o madre, o sin ambos. O que una pareja homosexual puede cuidar y querer más al niño adoptado que una heterosexual. O que uno solo podría ser perfectamente padre y madre…Todos estos casos y otros muchos omiten lo realmente importante: el interés del niño.
No nos quedemos en las anomalías ni hagamos comparaciones. Como norma general centrémonos en los niños, que son los más débiles e indefensos. No se juzga el afecto con el que seguramente la pareja homosexual o heterosexual acogerá a la criatura adoptada. No se está hablando de eso.
Lo que tiene que quedar claro es que no existe un derecho de la pareja homosexual a adoptar. Pero tampoco existe tal derecho en una heterosexual. La adopción es un “derecho” de los niños a ser adoptados, no de los adultos. Los niños sí que tienen derecho a un padre y a una madre.
Y tampoco vale decir que un varón desarrolla la figura femenina, y viceversa, que una mujer desarrolla la figura paterna. Si se piensa así se comete un error: no existe tal dualidad en el ser humano. Esta comprensión dual hace que su cabeza, sus sentimientos, su sexualidad… de varón o de mujer vayan por un lado y su sexo por otro.
Por el contrario, el ser humano es una unidad. En éste la sexualidad es constitutiva, no se reduce ésta a lo genital: el varón piensa, ama, actúa, ve el mundo… como varón y la mujer piensa, ama, actúa, ve el mundo…como tal. El sexo, en el sentido de lo genital, es manifestación de la sexualidad. Ésta no es el resultado del deseo y de la elección como si se determinase dependiendo tal y como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado en el momento del nacimiento.
Resumiendo, siempre tiene que prevalecer el interés del niño por encima de cualquier otro interés o derecho de los adultos.
Por otro lado, lo que hay que conseguir social y legislativamente es que la adopción postnatal de los niños sea una opción más fácil, accesible y económica.

sábado, 8 de octubre de 2016

Maternidad Subrogada o “Vientres de Alquiler” II


3.        Las graves secuelas psicológicas que quedan para los hijos y las madres.
Los expertos han insistido en la importancia de los lazos que se crean entre la madre y el hijo durante el embarazo y su importancia en el futuro desarrollo de hijo, cabe presuponer que un embarazo considerado como un negocio y la relación con un hijo al que se renuncia de antemano y al que se considera como un producto y una fuente de ingresos, pueda afectar al correcto desarrollo psicológico del niño, más aún cuando sepa cuál es su origen, y de la madre que le ha gestado y dado a luz y tiene que separarse de él o ella. Algunos pretenden, sin embargo, hacer creer a la sociedad que un “vientre de alquiler” es algo aséptico, sin consecuencias psicológicas ni para la madre ni para el hijo.
 
4.             Inconvenientes jurídicos
Hasta ahora era incuestionable que la mujer que gesta y da a luz un niño era la verdadera y única madre. Sin embargo, es un hecho que en la Maternidad Subrogada, de alquiler o voluntaria, la función materna queda dividida entre varias mujeres, la madre biológica, la que lo gestó y dio a luz al niño, y la que lo criará como su única madre, con un vínculo genético o no, y en ocasiones una eventual donante de ovocitos.
En España la Ley 14/2006 sobre técnicas de reproducción humana asistida prohíbe los contratos de gestación por sustitución. Para el Código Civil español la determinación de la filiación se basa en la verdad biológica (el parto), con la posibilidad de reclamación de la paternidad por el padre biológico. Dicho de otro modo, aunque exista un contrato formal entre los padres que han contratado los servicios, en concreto, la mujer y la madre de alquiler, ésta última, si reclama al bebé, conforme a la legislación española, el contrato se invalidaría y la madre de alquiler ejercería la maternidad.
Ante este complejo problema social y jurídico, las parejas que contratan a madres subrogadas están solicitando que se les reconozcan sus derechos exclusivos de padres de la criatura nacida. Si esto ocurriese, la maternidad dejaría de estar vinculada al hecho físico de la mujer que gestó al niño y que lo dio a luz. Se reconocería así que el deseo de ser padre y madre es suficiente para otorgar el derecho de paternidad y abriría las puertas, no solamente a las parejas infértiles, sino a individuos solos, parejas del mismo sexo, etc., que podrían reclamar su “derecho a la paternidad”. La maternidad ya no quedaría vinculada a realidades físicas (gestación y dar a luz), sino al deseo o la intención de ser padres.
En el mundo, concretamente, en Estados Unidos, la India, Tailandia, Kazajistán, México, China, Israel, Reino Unido (solamente para personas nacionalizadas en el Reino Unido) se permite las madres de alquiler. Aunque Estados Unidos sea uno de los países más permisivos, sin embargo, varios Estados no permiten la maternidad subrogada: Washington, Michigan, Utah, Arizona, Nuevo México y Nueva York.
En algunos países europeos como Albania, Georgia, Croacia, Holanda, Rusia, Reino Unido, Grecia y Ucrania, la Maternidad Subrogada está legalizada. No obstante, en la gran mayoría de países europeos está prohibida total o parcialmente. En concreto, expresamente prohibida en Alemania, Andorra, Austria, España, Estonia Finlandia, Islandia, Moldavia, Montenegro, Serbia, Eslovenia, Suecia, Suiza, Turquía, Francia. Tolerada en Bélgica, República Checa, Luxemburgo, Polonia. Y en otros, sin estar expresamente prohibida, tampoco está aceptada o no hay regulación al respecto como es el caso de Hungría, Irlanda, Letonia, Lituania, Malta, Mónaco, Rumanía, San Marino y Bosnia-Herzogovina.

5.        El negocio económico de la Maternidad Subrogada
Tras los “vientres de alquiler” hay un enorme entramado económico que hace caja con la vida humana en el que el bebé acaba convirtiéndose en un objeto de compraventa. En efecto, la Maternidad Subrogada puede llegar a costar cerca de 90.000€.
Cada año este negocio mueve cientos de millones de euros. Además la Maternidad Subrogada es una actividad comercial en la que las agencias empresariales se lucran a costa del sufrimiento de los padres infértiles y la vulnerabilidad de las mujeres, sobre todo aquellas que viven en situaciones desfavorecidas, desarrollándose todo un negocio de selección y proceso de calidad de mujeres y posibles futuros bebés. Así es, las agencias empresariales seleccionan a la candidata como “vientre de alquiler”. Ofrecen a través de Internet un catálogo de candidatas (que reúnen los requisitos necesarios) dispuestas a alquilar su vientre y con la intención de someterse a las exigencias que tendrán que seguir obligatoriamente durante el embarazo.
Así también, estas agencias empresariales disponen de programas que incluyen servicios y gastos: la compensación económica a la madre de alquiler, servicios de la inseminación artificial, servicio de Planificación del embarazo en la zona de residencia de la madre de alquiler, examen médico completo, alimentación para el periodo de permanencia en el centro y servicio de intérprete para todo el periodo de duración del programa, preparación y firma del acuerdo entre los padres y la madre biológica, servicios jurídicos, declaración de la madre sustituta de la ausencia de demandas contra los padres biológicos, asistencia en la formalización y la obtención del certificado de nacimiento del niño.
 
Conclusión
A la Maternidad Subrogada se le disfraza de altruismo y de beneficio. Pero lo que es cierto que con ella se mercantiliza a una mujer, y a un niño al que se le exige estándares de calidad y se le priva de derechos fundamentales, aparte de su “autocomprensión” en el futuro. Y además, la Maternidad Subrogada lleva a abortos o “devoluciones” de niños imperfectos; al abandono del bebé comprado al terminar la relación de pareja antes que llegara su nacimiento. Luego, el niño no tiene valor en sí mismo, sino que lo tiene únicamente si es querido, recibido, deseado.
Al mismo tiempo, con la admisión de la Maternidad Subrogada resulta evidente que la dignidad de la mujer y la maternidad no se contemplan como algo indisponible y digno de protección, sino que se puede utilizar a la mujer para satisfacer un deseo. Pero los deseos de paternidad tienen como límite la dignidad de las personas y la protección de sus derechos fundamentales.
La manera más efectiva de disuadir a los posibles padres de acudir a la maternidad de alquiler y así reducir el negocio y la explotación que supone es la prohibición a los padres no biológicos de inscribir a los niños que los han obtenido por subrogación nacional e internacional en el Registro Civil, es decir, la mujer, que ha dado a luz, sería la única madre.
 Luego, en el tema de la Maternidad Subrogada hay que hacerse varias preguntas: ¿Quiénes se van a beneficiar realmente con esta práctica: las agencias empresariales? y ¿quiénes saldrán perjudicadas: las mujeres subrogadas? No se puede admitir una práctica que tiene como objetivo ser padre a madre a cualquier “precio”, sin pensar en el hijo.
Tengamos en cuenta sobre todo los derechos de los niños. No permitamos que se siga comerciando con el cuerpo de las mujeres. Un mundo donde prevalece por encima de todo el dinero y el deseo individual es un mundo abocado a la corrupción y la desigualdad.
Por consiguiente, por estas razones todas las medidas relativas a la maternidad subrogada, de alquiler o altruista, deberían, en mi opinión, orientarse a prohibir esta práctica.