sábado, 24 de septiembre de 2016

Maternidad Subrogada o “Vientres de Alquiler” I


Los  “Vientres o Úteros y Madres de Alquiler” son una práctica cada vez más extendida a la que se le han dado otros nombres: Maternidad Subrogada o Gestación por Sustitución.
Este tema es de gran actualidad (tanto es así que algunas personas anónimas y algunos famosos son padres y madres por este método). Los que están a favor de la Maternidad Subrogada, la presentan como una forma más de reproducción asistida, como un forma altruista para paliar la infertilidad y ayudar a las parejas que no pueden tener hijos, dándoles la oportunidad de ser padres. Sostienen que al ser una práctica lícita, debe ser admitida jurídicamente. En concreto, argumentan que un contrato realizado con una “madre de alquiler” se celebra entre adultos autónomos y responsables, con libertad de elección y autonomía de la voluntad, entendida en el sentido de que cada cual es libre de hacer con su cuerpo y su vida lo que prefiera, y en tal supuesto la ley no debiera interponerse. Por lo tanto, los que están a favor de la Maternidad Subrogada sostienen que esta práctica no perjudica a terceros y redunda, necesariamente, en beneficio de todos los sujetos implicados.  
Pero la realidad es bien distinta. Esta visión ingenua y muy parcial omite al más importante de los sujetos implicados en este asunto: el bebé; y olvida las profundas implicaciones éticas y jurídicas que conlleva la Maternidad Subrogada, así como los numerosos problemas, de toda índole, que genera. Además, no hay que olvidar que ésta supone un gran negocio. Tras “los vientres de alquiler” hay un enorme entramado económico.
Pero, ¿qué es la Maternidad Subrogada? Ésta hace referencia a que la pareja (en muchos países no solo entendida como mujer y varón) o uno solo (en algunos países existe esta posibilidad), que quiere tener un hijo, acuerda con una mujer dispuesta a gestar y dar a luz (casi siempre por medio de una remuneración) el embrión obtenido por fecundación in vitro de los gametos de los “padres” y transferido al útero de esa mujer. Luego, la Maternidad Subrogada implica que una mujer lleva adelante el embarazo y da a luz a un bebé que le pertenece a otros padres genéticamente al proceder de la fecundación in vitro de los óvulos de la madre biológica y de los espermatozoides de la pareja o de un donante. Cuando los óvulos de la madre biológica no son óptimos, o uno solo quiere ser padre, se procede directamente a la inseminación artificial del vientre subrogado con el esperma del padre o donante.
En resumen, una madre de alquiler es una mujer que acepta, por acuerdo (la mayoría de los casos por remuneración), quedar embarazada con el objetivo de engendrar y dar a luz un niño que va a ser criado por otros. Luego, en los contratos de subrogación la mujer alquila su cuerpo por dinero, o por algún tipo de compensación.
 Hablando técnicamente, asistimos a una maternidad por sustitución mediante un contrato de gestación.
Pero también, la subrogación puede realizarse de forma altruista. Así, una mujer fértil, puede establecer un acuerdo con otra mujer infértil, comprometiéndose a llevar a término el embarazo, sin que medie una remuneración, lo que se denomina subrogación gestacional altruista. Esta modalidad es la menos frecuente, pero es muy citada por aquellos interesados en promover la práctica de la subrogación.
Sea la modalidad que sea, la Maternidad Subrogada supone muchas objeciones:

1.            La mujer no es tratada como una persona, sino como un objeto.
La Maternidad Subrogada es una acción humillante para la mujer, porque se la utiliza como una máquina de reproducción y se regula (cuando está renumerada) a través de un contrato, en el que también se ve al hijo, que está en el vientre, como un objeto meramente comercial. Pero un niño y una mujer nunca pueden ser objeto de consumo, ni de una cesión.
Por tanto, uno de los problemas de la Maternidad Subrogada es que supone una instrumentalización del cuerpo de la mujer, ignorando la distinción básica entre personas y cosas. Los sistemas jurídicos occidentales han entendido que, frente a la libre disposición de los objetos, las personas, incluyendo el cuerpo humano (por lo tanto, también el vientre de la mujer), no pueden ser objeto de comercio. De este modo, la libertad de los individuos para establecer contratos en mutuo provecho tiene límites, en concreto, cuando el objeto de dicho contrato es el mismo ser humano, su cuerpo. Así es, el acto de “vender” u ofrecer el cuerpo entraña un grave problema social y humano.
Por otro lado, es verdad que el deseo de las parejas estériles debe ser escuchado por la sociedad, pero no a cualquier precio. En efecto, no todos los deseos de los adultos deben ser considerados como derechos, máxime si ello implica lesiones a la dignidad y a los derechos de otros sujetos implicados, especialmente de las mujeres más vulnerables y de los hijos.
En este sentido, la autonomía personal no significa aceptar como válida cualquier decisión. Nuestra sociedad ha hecho suyos como pilares básicos los derechos humanos. Por tanto, debe proteger a los ciudadanos para que puedan ser respetadas sus actuaciones en el ámbito de estos derechos. Ahora bien, esta protección se extiende también a proteger al individuo incluso frente a sí mismo, cuando pretenda vulnerar sus propios derechos humanos, como sería no permitir que alguien se entregue voluntariamente como esclavo, aunque dicha decisión haya sido tomada de forma autónoma.
Efectivamente, no todo aquello que deseamos adquiere categoría de derecho. Para satisfacer el deseo de algunas personas de ser padres o madres,(que no derecho), y que no pueden conseguirlo de manera natural, existe lo que comúnmente se conoce por adopción, con la que se evita el mercado de personas y se ayuda a los niños que no tienen recursos ni familia.
Por lo tanto, las mujeres gestantes son utilizadas en este negocio como una mera factoría que fabrica bebés para otros. Por consiguiente, ni a los que pagan ni a los intermediarios les importa la situación de la mujer ni el vínculo que como madre se genera durante los nueve meses que el bebé está en su seno.
Lo verdaderamente importante es el aspecto comercial y, como en cualquier fábrica, que la producción sea buena y que la mujer cumpla su parte del contrato, para que el producto sea justamente lo que se había contratado. Para ello, dicho contrato comienza con los procesos de selección de las madres de alquiler que incluyen un sinfín de pruebas y requisitos personales para garantizar esa “calidad” de los óvulos y del vientre que llevará al futuro hijo. Luego, en la Maternidad Subrogada no hay ni humanidad ni sentimiento.
Por eso, la expresión, usada frecuentemente, de “vientre de alquiler”, no es adecuada, porque no solamente es un órgano el que se pone al servicio de terceros, sino que es la persona entera.
Tampoco se nos pueden pasar por alto la multitud de imprevistos o situaciones complicadas que pueden aparecer, como la posibilidad de un embarazo de alto riesgo para la salud de la madre gestante. Así también, puede ocurrir que los padres contratantes se echen atrás a mitad del embarazo ante posibles malformaciones del niño no nacido, o porque el sexo no era el “adecuado”…o exijan que la criatura sea abortada.
En conclusión, la Maternidad Subrogada supone la compraventa de personas que pretende legalizarse bajo el epígrafe de "derecho a ejercer la paternidad" y "libertad a decidir sobre el propio cuerpo".

2.            El ser humano-bebé, utilizado como una mercancía
La Maternidad Subrogada convierte al hijo concebido en producto comercial con control de calidad. En efecto, el niño se convierte en un mero producto comercial para satisfacer el deseo de unos adultos de ser padres o de un adulto de ser padre o madre, y como tal se le pueden exigir estándares de calidad y su devolución en caso de no cumplirlos.
En la Maternidad Subrogada el niño es tratado, por lo tanto, como un objeto de compraventa y en muchos contratos se establece que la madre subrogada deberá devolver el dinero si no logra dar a luz o el hijo no tiene las condiciones de salud establecidas, lo que acentúa la inseguridad que afecta, tanto a la madre subrogada, como al niño.
Por consiguiente, la Maternidad Subrogada supone mercantilizar la filiación, ya que ésta dependerá de la celebración de un contrato con un fuerte contenido económico. Por otro lado, la criatura queda en una posición muy vulnerable, dado que su situación depende de las cláusulas establecidas en dicho contrato, lo cual no asegura, en absoluto, la protección de sus intereses y derechos.
De igual forma, la Maternidad Subrogada impide al niño conocer su origen e identidad. Tal es así que pueden llegar a ser 6 adultos los que reclamen la paternidad de cada bebé nacido de un “vientre de alquiler”: la madre genética o biológica (donante de óvulos), la madre gestante (el “vientre de alquiler”), la mujer que ha encargado el bebé, el padre genético (el donante de esperma), el marido o pareja de la madre gestante (que tiene la presunción de paternidad), y el varón que ha encargado el bebé.
En definitiva, la Maternidad Subrogada supone la cosificación del hijo. El niño se convierte en un producto de mercado que se encarga, se compra y se vende. Su objetivo no es el bien del niño, sino el de satisfacer el deseo de unos adultos de ser padres a cualquier precio.

(Continuará)

sábado, 3 de septiembre de 2016

Intereses económicos y comerciales en la investigación con embriones humanos congelados


Hay que tener en cuenta que la práctica consistente en producir embriones humanos conlleva también intereses de índole económica. Por eso, un factor no menos importante, ligado a la investigación y experimentación con embriones humanos, es el relativo a los intereses económicos y comerciales inmersos en esa producción.
Pero antes de entrar en el tema hay que señalar que cualquiera de las técnicas artificiales de reproducción humana se presenta como un tratamiento para curar la esterilidad. Sin embargo, dichas técnicas no son, propiamente hablando, un tratamiento para curar la esterilidad, sino un tratamiento sustitutivo, pues con ellas no se consigue curarla, sino tener un hijo. Sería necesaria, para poder considerar las TRA como tratamientos terapéuticos, la restitución de la capacidad generativa de la persona estéril.
El método de reproducción asistida más económico es la inseminación artificial, mientras que los importes más elevados corresponden al implante de ovocitos donados. El primer método es la primera alternativa para las mujeres que tienen dificultades para quedarse embarazadas de forma natural y, por lo tanto, es el método de fecundación asistida más utilizado. Su coste, en general, ronda los 600€ por cada ciclo.
Las estadísticas demuestran que, si tras cinco ciclos de inseminación artificial no se ha logrado el embarazo, es muy poco probable alcanzar el éxito con nuevos intentos. Entonces, cuando la inseminación artificial no da resultado, se debe proceder a otras técnicas, como la fecundación in vitro. Como se sabe, este método consiste en unir el óvulo y el espermatozoide no dentro, sino fuera del cuerpo de la mujer y, luego, depositar el embrión-cigoto (óvulo fecundado) en el útero para que se desarrolle allí.
El precio de un tratamiento de fecundación in vitro en España ronda los 3.000€ por cada ciclo. A este precio hay que añadirle el coste del diagnóstico pre-implantatorio que viene a valer otros 3.000€  (en algunas “clínicas” el “pack” FIV+DGP cobran 5.700€. Estos precios varían dependiendo de los embriones humanos a biopsar, que cobran entre 220 y 300€ por embrión). Es decir, la fecundación in vitro completa cuesta aproximadamente 6.000€.
Una modalidad de fecundación in vitro es utilizar embriones de la propia mujer que han sido congelados. Si se transfieren a la mujer embriones congelados (luego óvulos fecundados) que proceden de una misma cuesta entre 1.700 y 2.100€. (La congelación embrionaria tiene por objeto “conservar” los embriones sobrantes de un tratamiento de FIV tras la transferencia embrionaria. Estos embriones se reservan en previsión de un segundo ciclo de tratamiento, en el caso de que el primero no haya tenido resultado, o en el caso en el que los padres quisieran, más adelante, otro embarazo, con la finalidad de no repetir la tarea de la obtención de óvulos. Estos embriones se conservan y almacenan congelados en tanques de nitrógeno líquido a -196º C bajo cero. La legislación española sólo autoriza la transferencia de un máximo de tres embriones en cada mujer en un ciclo de reproducción asistida y establece la obligatoriedad de criopreservar todos los demás que se han producido. Por tanto, se denominan embriones congelados aquellos embriones “sobrantes” de la FIV que posteriormente son congelados para su conservación. La acumulación de embriones “sobrantes” humanos da lugar a la creación de bancos de embriones humanos congelados. Se justifica la existencia de estos bancos como medio para evitar a la mujer los inconvenientes de comenzar de nuevo todo el proceso de fecundación in vitro: análisis reiterados, tratamientos hormonales y cuadro de hiperestimulación ovárica, y más todavía si la mujer ya ha sufrido una previa estimulación y un fallo en la implantación de los embriones transferidos, o si el ciclo resultante de la estimulación no ha sido adecuado para proceder con la transferencia del embrión. Por otro lado, con el uso de los embriones humanos congelados, se puede realizar una transferencia controlada y evitar así los embarazos múltiples que en la FIV se dan en mayor proporción que en la fecundación natural). Al precio de FIV con embriones congelados de la propia mujer hay que sumarle los medicamentos necesarios para preparar el útero de la receptora para aceptar los embriones. También hay que tener en cuenta que la crioconservación de embriones con vistas a futuras implantaciones supone 1.500€ anuales.
Otro método de reproducción humana artificial es la inyección de espermatozoides. Dígase que la infertilidad masculina es la razón que empuja al 25% de las parejas a comenzar un tratamiento de fertilidad. Ante este problema la fecundación in vitro “normal” no es suficiente. Se debe recurrir a un método específico llamado microinyección espermática (ICSI), técnica que consiste en la introducción del espermatozoide en el óvulo a través de una microaguja. En España el precio mínimo de este tratamiento, es decir, de un ciclo de fecundación in vitro con microinyección espermática oscila entre 4.000 y 5.000€. Las ventajas de este método es su efectividad y que los espermatozoides se pueden preservar, gracias a lo cual, si no se logra el embarazo en un primer intento, el coste del segundo resultará inferior.
Otra opción de FIV es el implante de ovocitos donados. Se recomienda en mujeres que, por diversos fallos en el funcionamiento de sus ovarios, no puedan usar sus propios óvulos. También cuando las demás técnicas de reproducción asistida han fallado. Es el procedimiento más caro: unos 6.000€. Además hay que contar con varios inconvenientes: análisis reiterados, tratamientos hormonales, hiperestimulación ovárica… Como contrapartida, es el método que ofrece mayor efectividad (entre el 50 y el 60%).
Adviértase también que el mercado de óvulos humanos es un negocio en aumento, no sólo por los experimentos de “clonación”, sino también por su demanda para parejas estériles. A través de “solidarios” anuncios se solicita óvulos de jóvenes estudiantes. En España se paga por la compra de óvulos entre los 500-900€ en concepto de “molestias”.
Por lo tanto, como se ha señalado, los precios de la inseminación artificial y de fecundación in vitro van, de media, desde los 600 hasta los 6.000€ por ciclo (FIV+DGP); mientras que la inyección espermática y el implante de ovocitos no bajan de los 4.500€ y 6.000€, respectivamente.
Por otro lado, en el 2008 hubo ganancias de más de 40 millones euros por concepto de aborto en España. Así pues, cabe preguntarse si a los intereses estrictamente médicos no acompañan otros de índole económica.
Una vez presentadas las principales modalidades de reproducción humana asistida y sus costes, este artículo se va a fijar en una de ellas: fecundación in vitro con embriones congelados.
A este respecto hay que advertir que la comercialización de embriones no es sino la expresión final de la “lógica de producción” a la que los seres humanos se hallan sometidos desde su generación en la reproducción artificial. Desde el momento en que la generación de la vida humana sale de su contexto natural-humano, se inicia un proceso gradual de deshumanización, o lo que es lo mismo, de “expropiación” de su dignidad, por el que la vida del embrión se comprende en términos de mercado. En este contexto mercantilista la vida del embrión humano no es ya un bien en sí mismo, sino un bien en cuanto “objeto”: un “producto” sometido al juego de la oferta y la demanda como cualquier otro artículo del mercado para satisfacer necesidades.
Esta lógica de producción lleva no sólo a utilizar a embriones humanos para fines de investigación, sino que incluso su producción mercantil y su uso comercial empuja a que sean directamente producidos, “genéticamente más fiables”, con la intención de conseguir a través de ellos cuantiosos beneficios económicos para los centros y empresas suministradoras de equipamientos e instalaciones. Dicha comercialización afianza más, si cabe, la consideración del embrión humano como bien-objeto disponible.
Otro asunto estrechamente relacionado con este tema corresponde a las políticas de investigación. El núcleo de esta cuestión no radica si dicha investigación ha de ser financiada con fondos públicos o privados, sino en las implicaciones éticas que la propia financiación con embriones humanos plantea. Por eso se ve necesario una regulación legislativa de carácter internacional que no permita al sector privado tener vía libre para investigar con seres humanos, sin más control científico y ético que aquel que el propio sector quiera imponerse.
Justamente, las políticas en investigación han de favorecer aquellas líneas de investigación que están consiguiendo efectivos resultados terapéuticos para la salud de muchas personas, y no políticas que atiendan a los beneficios económicos que obtendrían los grandes monopolios biotecnológicos y farmacéuticos, con la producción, muerte y comercialización de embriones humanos.
Por consiguiente, en la investigación con embriones “sobrantes” humanos entra en juego la fuerza de intereses no estrictamente terapéuticos, sino pura y simplemente económicos que explotan y manipulan el deseo de salud de las personas. Estas grandes empresas, con gran influencia y poder mediáticos, persiguen introducir medidas legales que aseguren dicho beneficio económico a costa de la salud de muchas personas enfermas que tienen puestas sus esperanzas de curación en investigaciones fraudulentas. Así las cosas, ¿cómo es posible que se pueda dejar en manos del mercado cuestiones esenciales para los valores sociales y morales de una sociedad?

sábado, 30 de julio de 2016

Investigación con células madre: Divulgación científica y medios de comunicación


El interés creciente de la sociedad por aquellos temas relacionados con la salud y aparición de nuevas terapias curativas ha provocado el auge del periodismo científico como puente entre el mundo de la ciencia y la sociedad. Muestra de ello es el aumento de noticias científicas, en secciones específicas de la prensa cotidiana, en las que colaboran científicos y médicos como divulgadores de sus respectivas actividades científicas.
Ciertamente, la correcta transmisión y divulgación del conocimiento científico y médico son tareas complicadas. De ahí que el periodismo de la salud intente captar la atención del receptor, ya sea lector, oyente o telespectador, con un “titular” atractivo. Sin embargo, el logro de este objetivo tiene como consecuencia, en muchos casos, un discurso en el que prima la espectacularidad de la noticia en detrimento de su rigor y veracidad. Esta creciente “espectacularización” comporta una excesiva simplificación de los mensajes. Las propias fuentes de información de los periodistas especializados, sobre todo, organizaciones científicas y revistas de referencia, promueven mensajes extremadamente orientados que fomentan y dirigen la posterior “labor simplificadora” de los periodistas.
Ahora bien, no sólo el periodismo científico en general convierte la tarea informativa en una actividad poco rigurosa, sino que también los propios científicos alientan esta falta de rigor, al anunciar como verdades absolutas y demostradas, por ejemplo, con relación a terapias con células embrionarias humanas o resultados en clonación humana, lo que, en estos momentos, son únicamente líneas de investigación que no han tenido ninguna aplicación clínica exitosa.
En efecto, la falta de rigor y veracidad, que atenta contra la buena práctica médico-científica y del periodismo científico, se hace, si cabe, más patente con aquellas noticias que tienen relación con los prometedores resultados en medicina regenerativa gracias al uso de células madre embrionarias.
Las noticias que se difunden a este respecto recurren a crear en la opinión pública esperanzas injustificadas o a ocultar los éxitos conseguidos por otras líneas de investigación. La falta de rigor y de verdad en la información vertida por los medios en general acerca de los “éxitos” obtenidos en terapias con células madre, es a menudo escandalosa. Así es, en bastantes ocasiones, se presentan como curaciones conseguidas en humanos por el empleo de células madre embrionarias, cuando, sin embargo, son resultados obtenidos por el uso de células madre adultas del propio paciente. No se ha conseguido, en estos momentos, ninguna aplicación terapéutica en seres humanos con células madre embrionarias. La ocultación de información relevante (no se insiste en que las células embrionarias presentan problemas de rechazo inmunológico o de creación de tumores, o se minimiza la información sobre sus costes sociales) muestra la falta del respeto al derecho de los ciudadanos a una información transparente y veraz, pues se silencian los interrogantes éticos que plantea su utilización (la destrucción de los embriones) o se destacan exageradamente sus beneficios terapéuticos, con la agravante de que en este tipo de noticias está en juego el dolor y la esperanza de muchas enfermos y sus familiares.
Por tanto, simples probabilidades se convierten inmediatamente por una mala práctica periodística en verdades “noticiables”, que no hacen sino añadir desinformación a la población, crear representaciones erróneas del conocimiento científico y favorecer la adhesión de la opinión pública a tales investigaciones.
Bajo esta manipulación informativa es difícil crear las condiciones necesarias para un debate libre e informado en la opinión pública acerca de la política adecuada con respecto al uso de embriones humanos para investigación.
Por otra parte, esta falta de rigor y transparencia informativa se opone directamente a los valores éticos que conforman la misma actividad periodística, y revela que existen intereses ajenos a la propia ciencia en la información con relación a la eficacia curativa con células madre.
Tras la tergiversación y manipulación informativa se albergan otros intereses de distinta índole (notoriedad, búsqueda de financiación, aumento vertiginoso de las acciones de las empresas que financian esas investigaciones), ajenos a la buena práctica periodística y científica, que distorsionan de manera consciente la labor veraz y transparente de los medios informativos.
Es normal que la curación de enfermedades con células madre posea un interés informativo. Sin embargo, este interés no puede ser vendido a cualquier precio. Esa información ha de ajustarse a la ética de la profesión periodística, de la que uno de sus elementos más fundamentales es la veracidad de aquello que se comunica, más todavía, cuando la información de la que se trata tiene que ver con aquellas dimensiones de la vida del hombre que no son moralmente indiferentes. Por eso, la deontología de la comunicación, como ética del periodista y del científico que divulga sus investigaciones, esto es, como compromiso individual y público, emerge de la propia actividad profesional que realiza. Actividad que supone, principalmente, administrar la responsabilidad cedida por los ciudadanos en las tareas informativas  que el periodista realiza públicamente como búsqueda de la verdad.
Las exigencias éticas a la misma actividad periodística van más allá de normas deontológicas de este colectivo profesional. La ética de la actividad del periodista científico debe buscar el bien común que persigue toda investigación científica. La protección y promoción de los bienes, con amplia repercusión social, como es la veracidad de la información en beneficio del bien común, es una exigencia intrínseca también a la profesión periodística. Por eso, para la ética individual y colectiva del periodista, el bien que administra, tutela y del que es responsable, esto es, la verdad de aquello que comunica, como servicio a los ciudadanos, antecede a intereses particulares de cualquier género.

sábado, 16 de julio de 2016

El cese de su conservación sin otra utilización ¿solución para los embriones humanos congelados?


Recordamos los posibles destinos para los embriones humanos congelados, “sobrantes” de fecundación in vitro, y estos son:

1. Su utilización por la propia mujer.
2. La donación con fines reproductivos. (Adopción).
3. La donación con fines de investigación.
4. El cese de su conservación sin otra utilización.

El primer destino es muy improbable que se dé, o al menos que se produzca de forma masiva. Así también, examinadas las dificultades en los artículos anteriores que comporta la adopción prenatal de los embriones humanos congelados, y rechazadas, como solución a su acumulación en las “clínicas” de fecundación in vitro, una investigación basada en ellos y su congelación indefinida, se opta en este artículo por el cese de su conservación sin otra utilización.
Pero antes de entrar en materia es preciso aclarar que la propuesta aquí elegida para el destino de los embriones humanos congelados (el cese de su conservación sin otra utilización, o más exactamente, descongelarlos y “dejarlos morir”) es diferente de aquella que promueve simplemente su descongelación y destrucción.
Con todo, la propuesta que se defiende, sin ser óptima, es la “menos mala”  entre las posibles, habida cuenta de lo injusto de la situación de partida.
Por otra parte, esta propuesta sólo adquiere pleno sentido si se complementa con que en lo sucesivo se generen única y exclusivamente aquellos embriones humanos que vayan a ser transferidos.
Cuando se opta por descongelarlos y “dejarlos morir” no se hace otra cosa que liberar a los embriones de una situación injusta e impropia de su dignidad de seres humanos (su congelación), a la que nunca se debería haber llegado.
            Para este destino de los embriones humanos congelados tiene mucha importancia distinguir la acción de “dejar morir” de la acción de “matar”. “Matar” significa “poner” positivamente un acto malo, mientras que “dejar morir” supone aceptar que no se puede hacer nada para salvar la vida.
Es necesaria esta distinción porque la suspensión de la congelación, en sí misma considerada, no es un acto que cause directamente la muerte de los embriones humanos, sino que éstos vuelven a un estado en el que no sufren violencia. Su reanimación (es imprescindible para que el embrión humano congelado viva después de ser descongelado) se puede considerar un acto extraordinario, que en algún caso concreto podría ser aconsejable (por ejemplo, para su adopción), pero por lo general no lo será. Si se le reanima al embrión humano con un fin no reproductivo, implicaría introducirle nuevamente en un proceso de instrumentalización.
Luego, con la descongelación se les devuelve a los embriones humanos a su estado anterior a la congelación, y entonces se permite que acaezca su muerte. Por consiguiente, la “causa” de la muerte no es la descongelación, sino la no-reanimación.
Entonces: ¿se debe reanimar al embrión humano descongelado?, ¿hay un deber positivo de reanimarlo, o se le puede dejar morir?
La muerte no le adviene al embrión humano al dejarle morir tras la descongelación, sino que tiene su origen en un “proceso de muerte”. Dicho proceso comienza con su producción y denominación de “excedente”, continúa con la congelación y finaliza con la descongelación. En efecto, iniciar un proceso semejante es iniciar un proceso que la mayor parte de las veces conduce a la muerte del embrión humano. En cambio, “dejarlo morir” consiste en no intervenir en un curso de acciones que ya están en marcha y que ocasionan la muerte y que, por tanto, no son acciones neutrales, meramente técnicas, sino acciones moralmente malas.
Éste es el contexto en el que tiene sentido distinguir la acción de matar y de “dejar morir” a los embriones humanos congelados. El profesional, que descongela al embrión humano, no pretende su muerte, sino que lo “deja morir”, esto es, deja de intervenir en un proceso abocado a la muerte. En todo caso, permite que la naturaleza siga su curso. Esta acción y la responsabilidad de la persona que la realiza son distintas de aquélla que ve la descongelación como un medio para posteriormente, en un proceso de reanimación, obtener un embrión humano del que se puedan extraer sus células. Por el contrario, el que descongela, al no reanimarlo, no persigue su muerte directa, sino que lo deja en situación de que muera de muerte natural.
Existe, por tanto, una diferencia indudable entre iniciar unas acciones que conducirán a la muerte del embrión humano congelado y permitirle morir no interfiriendo en el curso de unos acontecimientos que ocasionarán, tarde o temprano, su muerte.
Un embrión humano congelado es un ser humano que nunca debería haber estado en el lugar en el que está y se halla en una situación innatural, de “violencia vital”: porque ha sido violentamente puesto en ella. Entonces, si no se hace nada para mantener dicha violencia, lo normal será que sobrevenga la muerte, y eso no es matar.
Todavía más, es en el contexto de la congelación indefinida del embrión humano donde la solución de “dejarlos morir” adquiere más sentido. La intención directa de la postura de “dejarlos morir” es la no-permanencia de los embriones humanos en una situación injusta e impropia a su dignidad, y que, por el contrario, mantenerlos en ese estado sin opción de futuro es de alguna manera aceptar un proceso que nunca debió ocurrir. En efecto, con la acción de “dejarlos morir” se persigue terminar con una situación injusta, indigna e impropia para cualquier ser humano.
La congelación del embrión humano no le añade a él mismo beneficio alguno, por lo que el mantenimiento temporal indefinido de la congelación puede ser considerada una “medida desproporcionada”. Mantenerlo en ese estado sin opción de futuro es continuar y abonar un proceso que nunca debió haberse comenzado. Por ello, descongelarles y dejarles morir no es matarles activamente, sino dejar de poner un medio indigno y desproporcionado, que únicamente alarga artificialmente la fase final de la vida en situación irreversible.
Efectivamente, la congelación indefinida, como medida desproporcionada para mantener con vida a esos embriones humanos, contribuye no tanto a hacer posible la conservación de la vida, como a un pretender hacer imposible la muerte, y esto no puede ciertamente proponerse como un deber moral. En este sentido, podría decirse que, al no existir una forma alternativa proporcionada, la muerte de los embriones humanos, tras su descongelación, equivale a suspender el uso de unos medios desproporcionados que mantienen detenida la vida de un embrión humano vivo “inviable” o “viable”, pero “no-implantable” (puede ser que el embrión humano congelado esté vivo, pero que no vaya a ser trasferido a la mujer, porque no haya una pareja para acogerlo), y que, muy probablemente, muera tras años de congelación.
Por el contrario, prolongar su congelación, es decir, que los embriones humanos permanezcan en esta situación injusta de interrupción de su normal curso vital, podíamos denominarla “obstinación reproductiva”: el aplazamiento deliberado de la muerte, por unos meses o años, en condiciones no conformes a la dignidad de la vida de cualquier ser humano.
Se puede concluir por tanto que “dejar morir” a los embriones humanos congelados, aun siendo una alternativa no exenta de reparos, pues no hay ninguna éticamente indiscutible, es la salida más respetuosa con su dignidad en una situación que jamás debió haber ocurrido. Así, pues, lo que se sostiene es que se descongele a los embriones humanos que han sido congelados y se les deje morir sin reintroducirlos de nuevo en un proceso instrumentalizador.

sábado, 2 de julio de 2016

La Ética de la Investigación Biomédica


Las tecnologías de la biomedicina aplicadas a la vida humana prenatal no sólo tienen inconvenientes de carácter técnico y científico, sino también ético.
Hay que subrayar que la reflexión ética está insertada en la ciencia. Tanto es así que toda investigación, como actividad humana, es realizada por personas dotadas de valores sociales y morales relacionados con la comprensión del ser humano y de la propia ciencia que configuran de manera decisiva (como presupuestos) el conjunto de actividades que se denominan comúnmente investigación.
Por tanto, la perspectiva de la ética de la investigación en biomedicina y sus aplicaciones comienza en la conciencia del propio investigador. De él depende, en gran parte, aunar la búsqueda de nuevos conocimientos y el cumplimiento de los requisitos éticos propios de la investigación científica. Estos requisitos no son impedimentos en la labor investigadora, sino el cauce necesario para el discurrir de su tarea.
Luego, el juicio ético no es extrínseco a la ciencia y a la técnica, al contrario, es intrínseco a las mismas en cuanto actividades humanas. La ciencia, como actividad humana que busca la adquisición de nuevos conocimientos y que tiene al ser humano como sujeto y destinatario de sí misma, es buena. Por eso, el juicio moral negativo no recae en la ciencia en sí misma, sino en el uso y aplicaciones que el ser humano, individual o colectivamente, hace de ella.
En este asunto, hay que preguntarse: ¿todo lo técnicamente posible es moralmente aceptable? El imperativo del mal llamado progreso ¿está por encima de cuestiones de tipo ético?, ¿puede hablarse de progreso sin un referente ético? Son preguntas directamente conectadas con la ética de la propia investigación biomédica.
Ciertamente, los avances en las ciencias que se ocupan de la vida del ser humano originan problemas éticos a los que se intenta dar una solución “técnica”, ya sea científica o jurídica, pero no ética. En efecto, muchos de los avances en biotecnología se justifican, en la actualidad, en aras de un “progreso científico y tecnológico” al margen de toda ética.
Este “progreso científico” y algunas de sus aplicaciones tecnológicas resultan discutibles, pues constituyen una clara amenaza para la vida del ser humano, en la que ésta se convierte en una pieza más del proceso productivo-técnico. Las preguntas en este asunto son: ¿a qué se llama progreso científico?, esta clase de progreso ¿hace progresar al ser humano en humanidad?
Solo es posible una ciencia humana si se maneja un concepto de progreso científico y técnico como servicio a la búsqueda de la verdad y al ser humano. Esto es lo propio del científico y de su actividad. En última instancia, una investigación biomédica plenamente humana es aquélla que persigue su bien integral y dignidad, esto es, que busca la verdad al servicio del ser humano.
En pocas palabras, en el ámbito de la investigación y aplicación terapéutica en medicina regenerativa, el aumento del conocimiento no puede realizarse a costa del ser humano, sino al servicio del mismo. Sólo así la investigación es una actividad humana repleta de sentido, pues el ser humano no está al servicio de la ciencia, sino al revés.
Un progreso científico, así concebido, tendrá límites, no en el sentido de freno o retroceso, sino los límites necesarios que sirvan de cauce a la libertad humana y posibiliten la mejora del ser humano y de la humanidad. Por eso, quien se opone a un “progreso” a cualquier precio no es su enemigo.
La idea reduccionista de progreso y de ciencia, por la que la ciencia experimental se convierte en paradigma exclusivo de conocimiento válido y criterio inmediato de acción, no deja lugar para la ética. La ciencia experimental se daría así la medida de su propio límite: el técnico. De este modo, la ética no es ya límite para la ciencia, sino que “ésta” se otorga el papel de juez de la ética. Los papeles del ser humano y la técnica se invierten: el ser humano, sujeto y dueño de sus actos y producciones, pasa a ser un objeto más sometido al poder dominador de la técnica.
En este sentido, no puede obviarse que la técnica de obtención de células embrionarias supone la muerte de embriones humanos. Luego, la ética de la investigación en biomedicina y sus aplicaciones también se pregunta por el contenido de la investigación.
Tal investigación con embriones humanos no puede arrogarse una pretensión ética, pues no se persigue un fin terapéutico para el embrión humano en cuestión, sino que corre en detrimento suyo. Como tampoco dicha investigación puede escudarse en aras de logros hipotéticamente terapéuticos en bien de una “humanidad” ficticia, pues una investigación no lo es a priori, sino en la medida en que está demostrada su eficacia.
Las investigaciones con fines exclusivamente terapéuticos serán aquellas intervenciones concernientes al embrión humano en las que se respeten su vida e integridad, que tengan como fin su curación, mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual y que no se le exponga a riesgos desproporcionados.
El respeto por la vida del embrión humano se convierte así en límite intrínseco a la propia investigación, pues cada uno de los individuos humanos son fines en sí mismos, nunca medios con objeto de procurar la salud a otros. El embrión humano no tiene “valor de uso”, sino que es un ser humano con “valor de fin”, con dignidad. Sólo así el respeto incondicional por la vida del embrión humano se convierte en límite ético de la propia investigación biomédica.
Por el contrario, los defensores de la investigación con embriones humanos superan este límite ético negando la realidad individual del embrión humano a través de diversos eufemismos. Con éstos se consigue, en el plano teórico, tal ambigüedad que resulte en la práctica más fácil su uso. En efecto, la justificación para la investigación con embriones humanos viene precedida de diversos eufemismos, que al ocultar de un modo u otro la individualidad del embrión humano, asignan al embrión humano un nuevo estatuto ontológico. A través de la manipulación semántica se llega a la manipulación ontológica y práctica: la realidad ontológica y biológica del embrión humano quedan suspendidas en la ambigüedad que implica que el embrión humano ya no sea un individuo, sino un “preembrión”, un “embrión preimplantatorio”, “embrión no viable”, en definitiva, una realidad pre-humana que no merece la protección jurídica dada a los seres humanos, y por ende, se justifica su uso y muerte, como medio necesario para la curación de enfermedades, esto es, para supuestos fines terapéuticos. En el fondo, no se le considera al embrión humano como un alguien, sino como un algo.
Por tanto, el manejo de estos eufemismos no es tan sólo una manipulación semántica, pues con ellos principalmente se falsea y enmascara la realidad de lo que el embrión humano es. De esta manera, el embrión humano, despojado de su individualidad queda en la mayor de las indefensiones, ya que, lejos de respetarlos como individuos humanos se les viene a considerar un material del que se puede disponer y, por ello, rechazarse.
“Redenominada” la entidad (al sustituirse al embrión-individuo humano por aquellos términos que consideran al embrión humano como un no individuo) y desaparecida la naturaleza verdadera de la acción (la muerte y el uso del embrión humano), cambia la naturaleza moral de ambas (entidad-no humana y acción-terapéutica), y se legitima así su empleo para una investigación productora y consumidora de seres humanos como material biomédico.
Así es, el nombre y el uso de estos eufemismos proceden de un interés práctico ajeno a su realidad ontológica. El interés práctico en investigación con embriones prevalece frente a la realidad humana allí presente. Estos intereses van conformando y dirigen cierta investigación biomédica con los que se promueve, paulatinamente, una actitud de desestimación de la vida humana incipiente. Desde esta perspectiva, es lógico que lleguen a considerar que los embriones humanos sean inferiores en dignidad a los ya nacidos o los adultos. La vida del ser humano deja de ser, de este modo, límite ético y fundamento para una verdadera investigación ética con embriones humanos.
Así las cosas, el desarrollo de la tecnología en el campo de la vida humana se pone al servicio de intereses ajenos al propio embrión humano, en concreto, al servicio de la satisfacción de deseos.
Desde esta perspectiva, la investigación biomédica no puede sino repercutir decisivamente en la consideración del embrión humano. La vida de éste se reinterpreta en términos de “utilidad biológica”: la vida de un individuo humano no tiene valor por sí misma, sino, en cuanto relativa a algo o alguien. Así la vida humana entra en conflicto como valor ponderable frente a otros valores, especialmente, frente a la libertad individual entendida de forma absoluta e incondicionada. La vida del individuo humano no nacido se convierte en un valor cuantificable y disponible. Desde esta concepción, la elección de los demás valores queda al arbitrio de la libertad individual que posee carácter absoluto. El acto bueno se identifica con el acto libre del que brota el deseo y la valoración. La pura libertad se establece en criterio suficiente de moralidad. Y esto evidentemente es un error. No se puede identificar libertad individual con acto bueno.
Por otra parte, no hay que olvidar que la justificación permanente de la investigación con embriones humanos por sus “logros terapéuticos” persigue la introducción de cambios legales que faciliten la investigación en esta área. Pero a su vez, estos cambios legales vienen de algún modo provocados por el papel preponderante que el científico y su método de análisis ha adquirido en el mundo contemporáneo.
Hay que resaltar que de algún modo, el método científico de hipótesis y verificación o falsación de hipótesis se está trasladando a toda la maquinaria social. Este modo de actuar denota cierta forma de “totalitarismo científico”: las personas, como conjunto social, se hallan sometidas a la racionalidad científica. Además, esta pretensión de totalidad engancha con la ideología cientificista, pues implica no reconocer, por una parte, ningún criterio ético que pueda regular el uso de la ciencia, y por otra, encumbra a la racionalidad científica como única racionalidad posible.
En definitiva, la ciencia y sus posibles aplicaciones ya no están al servicio del bien y la integridad de las personas bajo criterios de control ético. Sin control ético alguno, la ciencia y la tecnología se convierten en ideología tecnocrática, cuya pretensión es impedir el juicio ético público acerca de sus fines y medios.

 

sábado, 18 de junio de 2016

La “donación” para Investigación: ¿solución para los embriones humanos congelados?

          "Donar” los embriones humanos congelados, “sobrantes” de fecundación in vitro, para investigación es otra de las posibles soluciones. (Ya se han tratado dos: la donación con fines reproductivos o adopción prenatal y la congelación indefinida).
Aparentemente parece que esta tercera solución es la más apta de las vistas hasta ahora. Es más, “el común de los mortales” y algunos científicos optan por esta. Pero esta solución tiene, como veremos a continuación, muchos inconvenientes.
Algunos “científicos” mantienen que aquellos embriones, que han sido congelados y cuyo destino es incierto, antes de que sean destruidos y con el consentimiento de sus progenitores, pasen a disposición del centro biosanitario y se autorice su uso con fines de investigación. Estas investigaciones de carácter médico seguirían unos criterios de estricto control y estarían dirigidas a obtener terapias que no puedan ser desarrolladas por otras técnicas.
Sin embargo, en muchas ocasiones, el “estricto control” ligado a la investigación se reduce a la toma de medidas de tipo procedimental. Desde esta perspectiva, una investigación se consideraría ética si cumple con los requisitos marcados por la ley sin ninguna referencia al contenido u objeto de la propia investigación. Es decir, el cumplimiento del procedimiento avalaría éticamente la investigación a realizar. No obstante, la ética de la investigación biomédica no debe preguntar sólo por el procedimiento a seguir en la investigación, sino también por el contenido de la misma. Creo que se aceptará que no es lo mismo experimentar con embriones humanos que con animales, aunque en ambas investigaciones se siga el mismo y estricto control procedimental.
Dejando a un lado este punto, es cierto que muchos científicos, respaldados por las legislaciones y antes de que estos embriones humanos congelados “sobrantes” de FIV sean destruidos o se les deje morir, están a favor de su empleo. Sostienen que la investigación con estos embriones humanos, dada su precaria viabilidad para la implantación, proporcionaría un mayor conocimiento en las primeras fases de su desarrollo y de la función de sus células madre (células madre embrionarias). En este sentido, aseguran que este tipo de células, dado su potencial regenerativo, se podrían aprovechar para la investigación en la terapia de enfermedades degenerativas graves.
Sin embargo, la obtención de dichas células (que se hallan en la masa interna del embrión humano) y su empleo en la terapia de enfermedades, no carecen de inconvenientes, tanto médicos-científicos como éticos.
Los inconvenientes médicos-científicos tienen que ver con que, hoy por hoy, no se ha conseguido ninguna aplicación terapéutica con este tipo de células madre (células madre embrionarias o de “origen embrionario”), mientras que, en estos últimos años, la eficacia en terapia celular resulta del empleo de otro tipo de células: 1) células madre adultas, 2) células iPS (células madre de pluripotencia inducida) y 3) células madre de “tipo embrionario” que se consiguen a partir células madre adultas (Distinguir esta clase de células madre con las de “origen embrionario”).
Por tanto, desde el punto de vista médico-científico, no tiene actualmente justificación una investigación que use y mate embriones humanos, tanto si son viables como si están enfermos, ya sean congelados o producidos ex profeso por FIV, como fuente de obtención de células madre de “origen embrionario”.
El segundo y principal inconveniente en torno a las células madre embrionarias o células madre de “origen embrionario” es, como se ha dicho, de carácter ético, pues su uso lleva consigo la producción y posterior muerte del embrión humano, aparte de la nada desdeñable necesidad de utilizar óvulos humanos (lo que supone una manipulación del cuerpo de la mujer).
Los defensores de la investigación y experimentación con embriones humanos suelen disminuir este inconveniente ético (la muerte del embrión humano) afirmando que no nos encontramos ante un individuo humano en los primeros momentos de su existencia. A esa realidad humana presuntamente no individual la denominan “preembrión” o “embrión preimplantatorio”, expresiones con las que se oculta su realidad individual.
Por consiguiente, desde el punto de vista ético, estarían permitidas sólo aquellas investigaciones que no usasen embriones ni óvulos humanos (para no convertir a la mujer en una pieza más del proceso productivo).
Como conclusión, desde el punto de vista médico-científico no se justifica la utilización de embriones humanos para extraer sus células de su masa interna y utilizarlas como terapia para enfermedades degenerativas. La justificación de esta afirmación se apoya en investigaciones realizadas y protocolos abiertos en los que no se ha conseguido un uso terapéutico efectivo en humanos con este tipo de células y sí con las células adultas.
Tampoco se justifica el uso y muerte de embriones humanos desde la perspectiva ética de la investigación biomédica, porque el uso de sus células respalda la idea de convertir la vida humana en un simple medio para otro fin. Deja de ser investigación si esta se desarrolla a costa de la destrucción sistemática de vidas humanas.
En el caso de que las células embrionarias fuesen imprescindibles en alguna terapia se deberían lograr estos tipos celulares sin acudir a los embriones humanos como fuente, puesto que la biotecnología está actualmente en condiciones de poder producirlas sin que sea necesario aislarlas de embriones humanos vivos.
Por tanto, una investigación verdaderamente ética y médica-científica, si quiere contribuir al bien de la humanidad, no puede tener su origen y desarrollo en la destrucción de la vida de miles y miles de seres humanos débiles e indefensos. Por el contrario, una investigación basada en el uso y muerte de embriones humanos supone la cosificación de estos. En efecto, si estamos a favor de este tipo de investigación con embriones humanos congelados, “sobrantes” de fecundación in vitro, se les convierte a estos en un producto o cosa a utilizar.
Por eso creo que “donar” los embriones humanos congelados para investigación tampoco es una solución.

sábado, 4 de junio de 2016

La Congelación Indefinida: ¿solución para los embriones humanos congelados?


Examinada la dificultad que comporta la alternativa de la adopción prenatal como solución a la acumulación de embriones humanos congelados en las “clínicas” de fecundación in vitro se aborda otra alternativa: su congelación indefinida.
Esta propuesta tampoco está exenta de inconvenientes. De entrada, a la congelación o crioconservación indefinidas se le puede objetar que la situación de estos embriones humanos, esto es, su congelación, y sea cual fuere su destino, no es éticamente neutral, pues a estos embriones humanos congelados, que no van a ser transferidos por ausencia de una mujer para acogerlos (embriones humanos viables denominados “no-implantables”), se les interrumpe bruscamente su desarrollo y se les condena a permanecer a 196 grados centígrados bajo cero, en un hábitat no acorde a la dignidad de la vida incipiente de cualquier individuo humano.
En efecto, la congelación de embriones humanos (y por supuesto, aunque fuese solamente la de un embrión y el tiempo que sea) es, en sí misma, éticamente contraria al respeto por la dignidad humana, porque supone detener o paralizar el proceso biológico natural al que tiene derecho todo ser humano vivo. Esos embriones que han sido congelados son seres humanos, titulares de su vida biológica y del tiempo de su existencia, sin expectativas de desarrollo vital y a los que injustamente se les ha interrumpido su normal curso de desarrollo, atentando contra la propia teleología de su desarrollo inmanente.
Es sabido que el “exceso” de embriones humanos congelados obedece a la voluntad de garantizar el éxito de la implantación con el fin de que la pareja sometida a la fecundación in vitro pueda utilizarlos en una ulterior implantación sin necesidad de pasar otra vez por todo el proceso de fecundación. Ahora bien, el rechazo a la congelación de embriones humanos no radica principalmente, ni en la finalidad que se les quiera dar, ni en la materialidad física de la propia congelación, ni en el daño que se les causa, sino en lo que significa (la congelación de embriones humanos) en sí misma como acto moral.
En este sentido, el acto de congelación de un embrión humano, desde el punto de vista ético, es un acto intrínsecamente injusto porque supone la interrupción de un proceso de desarrollo vital de un individuo humano por tiempo indefinido, proceso al que tiene derecho todo ser humano vivo, y se le obliga a permanecer en unas condiciones impropias a las de cualquier ser humano. Así es, con la congelación se le despoja al embrión humano del respeto debido como ser querido por sí mismo. Precisamente, este respeto por la vida humana significa respetar su crecimiento y desarrollo biológicos que le son propios y que no se hallan a merced de los deseos e intereses de otros.
Además, y no son razones menos relevantes, la congelación de embriones humanos supone exponerles a graves riesgos de muerte o daño, privarles de la acogida materna y dejarles en una situación susceptible de nuevas lesiones y manipulaciones.
En cambio, la valoración ética que hacen los que defienden la congelación indefinida no viene dada tanto por el significado moral del acto en sí mismo, como por las consecuencias positivas que supuestamente se derivan de ella. De entrada parece que la congelación de embriones humanos por tiempo indefinido se consiente como el modo adecuado para que en algún momento puedan ser adoptados y evitar así su muerte y su reducción a material de experimentación o investigación. Pero quizá se olvida que la defensa de la congelación de los embriones humanos contribuye a debilitar la conciencia de estar obrando injustamente y, por ello, a aumentar su número.
Con todo, antes de la congelación acontecen dos acciones moralmente determinantes que inciden claramente en la toma de posición posterior: la producción expresa de embriones humanos en un contexto técnico y la producción de “excedentes” de embriones humanos. Es claro que la producción de un número excesivo de embriones no cambia la naturaleza del acto. Es decir, producir en exceso es peor que producir sólo uno, pero eso es porque lo malo en sí es producir uno.
Luego estas dos acciones y la ulterior congelación de los embriones marcan significativamente cualquiera de las soluciones que se defiendan respecto a su destino. El planteamiento es, desde el inicio, inmoral, por eso cualquier medida que se adopte tendrá un carácter “problemático” y no será plenamente satisfactoria.
No obstante, y no está de más recordarlo, hay que tener en cuenta el estado precario de salud del embrión humano congelado. Los embriones humanos crioconservados son los “sobrantes” que no han sido elegidos en una primera o segunda selección de embriones, es decir, son los menos viables en sentido propio, esto es, biológico: con posibles defectos para seguir su propio proceso de desarrollo, menor vitalidad, y los que no gozan de las características idóneas para garantizar con éxito la implantación. Y como consecuencia de esto, a los que el proceso de congelación y descongelación puede afectar más directamente en su integridad física, pues ya de por sí tienen poca viabilidad.
Por tanto y en conclusión, la congelación, sea o no indefinida, de los embriones humanos “sobrantes” es un acto intrínsecamente injusto porque supone la interrupción de un proceso de desarrollo vital de un individuo humano, proceso al que tiene derecho todo ser humano, y se le obliga a permanecer en unas condiciones impropias.